En el día de hoy aprovechamos nuevamente para reivindicar los derechos de las mujeres en todas las facetas de su vida. En concreto vamos a hablar de la maternidad y el parto, de como un momento único y mágico, para algunas mujeres, puede llegar a convertirse en un infierno. Cuando hablamos de la violencia obstétrica nos referimos a cualquier conducta, por acción u omisión, que realizada por personal de la salud afecte el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, como el trato deshumanizado, la medicalización injustificada y la patologización de procesos que son naturales. Para sintetizar todo lo que abarca esta violencia, vamos a dividirlo en tres categorías: Intervenciones físicas, postura en el parto y violencia psicológica.

INTERVENCIONES FÍSICAS

En primer lugar, la práctica de la cesárea. La cesárea es una intervención médica que, teóricamente, se realiza a las mujeres en casos determinados, para proteger tanto su salud como la de su bebé. El problema es que se ha generalizado y se ha asumido como una herramienta básica en el parto.

Según la OMS, esta práctica puede ser precisa alrededor del 10% de los partos, pero en la realidad alcanza cifras mucho más altas. Concretamente en España, en Euskadi, esta práctica representa el 15% de los partos anuales; en la Comunidad Valenciana alcanza cifras cercanas al 30%. Este dato nos hace reflexionar sobre la relación que tiene esta práctica con los protocolos y organización que sigue cada CC.AA. y que, por lo tanto, no está relacionada (en gran parte de las cesáreas realizadas) con cuestiones sanitarias que afecten a las mujeres.

Por otro lado, la episiotomía, el corte entre la vagina y el ano para favorecer el parto, podemos considerarlo una violencia más sobre la mujer, cuando esta no se realiza atendiendo a criterios sanitarios. Esta práctica es una de las causas más frecuentes tanto de infección, hemorragia, o incontinencias futuras de las mujeres.

Los datos hablan por sí solos, mientras esta práctica se realiza en Chipre en el 75% de los partos y en España en el 45%, en países como Dinamarca apenas supera el 5%.  ¿Pero cómo es esto posible? Es cuestión de haber naturalizado como rutinarias prácticas que están recomendadas en casos en los que es necesario facilitar el parto; pero que de ninguna manera se puede convertir en una herramienta diaria del personal sanitario responsable, teniendo en cuenta que ocasionan un mayor riesgo de traumatismo grave tanto vaginal como perineal, también generan un mayor dolor postparto en las mujeres, que puede durar meses, incluso años. Esta incisión se “repara” a través de la colocación de puntos de sutura, los cuales, en muchas ocasiones, son colocados de forma excesiva -más puntos de los que precisaría la mujer- para que en el futuro su pareja masculina, pueda volver a disfrutar del sexo con su mujer. Esto, es claramente una violación de la intimidad e integridad de la mujer, especialmente cuando se hace sin ningún tipo de consentimiento informado y voluntario por parte de las mujeres. Esta práctica que busca el placer masculino en las relaciones sexuales puede llevar a generar dolor en la mujer en futuras penetraciones.

Respecto del parto inducido, este no dispone de beneficios ni evidencias científicas para embarazos sin complicaciones antes de la semana 41 de gestación, pero aun así es más habitual de lo que nos podemos imaginar, en muchas ocasiones por facilitar o acelerar el trabajo a profesionales de la sanidad.

En el caso de las inducciones en madres primerizas, el 70% acaba en cesárea o fórceps, con los posibles riesgos que esto puede generar en la mujer. Es imprescindible entender que las mujeres requieren de su propio ritmo natural de dilatación, para que el periné resulte intacto en el parto. En España, los partos inducidos alcanzaron en 2020 casi un 20% del total.

En este sentido, podemos hablar también del parto instrumental, este requiere de la utilización de ventosas o fórceps para la salida del o la bebé. España, junto a Irlanda, alcanzan el puesto número 1 europeo en este tipo de intervenciones (15%); intervenciones que, según la OMS, no disminuyen el riesgo de precisar de una cesárea y que puede ocasionar complicaciones como desgarros en la vagina o esfínter de la mujer o dolor crónico, y que, en el caso del recién nacido/a, puede llegar a ocasionarles fractura de cráneo, hemorragias intracraneales, parálisis facial y un aumento importante en el riesgo de necesitar de hospitalizaciones por esta cuestión.

Otro ejemplo sería la combinación de forma sistemática de oxitocina para acelerar el parto y epidural para reducir el dolor de este, esta combinación que tan generalizada está, tiene consecuencias en la madre -más dolor en la dilatación-, y especialmente en el bebé, el cual, por no soportar el ritmo e intensidad de las contracciones provocadas artificialmente, se ve sometido a un sufrimiento fetal, que en algunas ocasiones puede llegar a ser irreversible.

Estos son solo algunos de los ejemplos más evidentes de como desde la sociedad y desde los sistemas de salud, se han naturalizado prácticas, que en muchas ocasiones generan más contraindicaciones que beneficios, tanto para la propia mujer como para su bebé.

POSTURA EN EL PARTO

En relación con la segunda de las categorías -postura en el parto-, está más que demostrado científicamente que no tiene ningún beneficio sobre la mujer la postura del parto generalmente indicada, ni sobre su estado psicológico, ni respecto a la facilidad de este. Realmente se trata de una postura adecuada para partos instrumentales y que facilita el trabajo de profesionales de la sanidad, pero que, en relación con la madre, reduce la movilidad de esta, así como el espacio en la pelvis para facilitar el parto.

Existen otras posiciones como de pie, cuclillas o en una silla de parto que favorecen la salida del bebé y, por lo tanto, se corren menos riesgos. En un momento tan delicado y, a su vez, tan especial, deberían tenerse en cuenta las necesidades de la mujer para facilitarle el gran esfuerzo que está haciendo a la hora de dar a luz y no reducirlo a una postura que facilita el trabajo del personal.

Las mujeres tienen derecho a decidir cómo parir, si no existe una contraindicación médica para el caso en concreto, pero esto no es tenido en cuenta y sistemáticamente se fuerza la mujer a dar a luz en una postura antinatural. 

VIOLENCIA PSICOLÓGICA

Por último, hablaremos de la violencia psicológica, que suele ser mayoritaria en el momento del parto, pero que, debido a su naturaleza, es difícil de detectar. En España, casi el 50% de las madres reconocen haber sufrido algún tipo de trato “deshumanizante” o “degradante” por parte del personal sanitario”. El 20% recibió criticas por llorar o gritar durante el parto, mismo porcentaje de madres que sintieron la imposibilidad de manifestar sus miedos o inquietudes sobre el tratamiento que se les iba a hacer y ¼ fueron obligadas a permanecer, desde que llegaron al hospital, tumbadas boca arriba, que, según criterios científicos, ni ayuda ni facilita ni en términos de dilatación ni en el propio parto.

La violencia psicológica se ejerce en un momento de vulnerabilidad extrema de las mujeres, que tienen miedo a que algo no salga bien durante el parto y, ante esto, aceptan y asumen cualquier tipo de trato por parte del personal, por degradante que este pudiera ser. En ocasiones, muchas de estas violencias acaban derivando en depresiones y otros trastornos psicosociales en las mujeres, depresiones que la sociedad asocia con un problema psicológico aislado, sin atender realmente a las causas y a la solución del problema estructural.

Cuando hablamos de violencia obstétrica, hablamos de un tipo de violencia sobre la mujer que está totalmente naturalizada en nuestra sociedad. No es un reproche exclusivo hacia el personal sanitario, pues cumplen una labor esencial, pero sí es necesario que reflexionemos sobre cómo nos gustaría que nos tratasen a cualquier persona ante una situación tan íntima y delicada como el parto. Las instituciones públicas deben de dotar de todo el presupuesto que los departamentos sanitarios responsables de esta cuestión requieran, para en primer lugar salvaguardar la salud de la madre y bebé y, por supuesto, para generar el mejor ambiente de trabajo posible para las personas profesionales de la sanidad. Este personal debe de ser bien formado, para poder aplicar y desarrollar las mejores técnicas disponibles en su trabajo, sin olvidar el componente humano y psicológico que requiere la paciente en cuestión, facilitando un parto tranquilo, cómodo y seguro.

Y, por último, pero no menos importante, como sociedad debemos meditar, qué modelo de maternidad queremos, si uno basado en la sencillez del trabajo de profesionales, o un modelo basado en generar espacios de confianza y tranquilidad para estas mujeres, que son en definitiva las que garantizan nuestra propia existencia.

Comunicación EQUÀLITAT